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De las idas y regresos, los Ulises, las Ítacas, lo cotidiano.

El arte se nutre del viaje. Pero ¿cuánto daño nos hace, no como artistas sino como humanos, la expectativa del desplazamiento real?

El poeta alejandrino Constantino Cavafis aparenta tener ideas contrastantes al respecto. En “La ciudad” parece intentar dejar claro que no es posible la liberación por medio del desplazamiento:

 

No encontrarás otro país ni otras playas, 


llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; 


caminarás las mismas calles, 


envejecerás en los mismos suburbios, 


encanecerás en las mismas casas. 


Siempre llegarás a esta ciudad: 


no esperes otra, 


no hay barco ni camino para ti. 


Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra, 


la has destrozado en todo el universo.[1]

 

Pero después, en “Ítaca”[2], agradece a la ciudad la posibilidad de haber salido y haberse hecho, a través del viaje, más sabio. Tal vez, si pensamos en los dos poemas como caras de la misma moneda, podríamos concluir que, efectivamente, el viaje nos hace más sabios, y en esta medida es una experiencia real, pero si nos movemos esperando que el cambio de aire arregle el mundo, nos espera la decepción. Cuando uno no es feliz, se quiere ir. Pero irse no trae la felicidad. El motivo del viaje debe ser siempre otro.

En Océano mar[3], Baricco, a través del siniestro Anderson, afirma que sólo es feliz quien no se ha hecho nunca a la mar. El marinero, después de conocer los secretos que habitan el vientre del océano —la locura en el corazón del hombre—, no podrá nunca volver a la cordura de tierra firme. Vivirá siempre con un pie sobre las aguas porque el verdadero regreso no existe. Tristemente, esto sólo lo sabe quien ha partido, así que estamos condenados por nuestra propia testarudez a siempre irnos, a no tener nunca paz.

Claro que lo anterior no aplica a todo el mundo. Algunos, benditos con el don del contento, pueden hacer las paces con la ciudad, aceptar que no es necesario conocer todos los secretos y ser dichosos. Suertudos ellos. Los otros, los que no podemos estarnos quietos, acabamos condenados por siglos de palabras hermosas que consumen y alimentan a la vez la curiosidad infantil del hombre. Así, en masculino y a propósito. El viaje es cosa de hombres, sobra decirlo: la mujer espera y teje.

Ésa es otra de las demasiadas injusticias del patriarcado que a veces aceptamos con amargura suave, resignadas a que las cosas nos cuesten un poquito más de trabajo. Claro, puedo vivir en un mundo masculino y ser respetada, al menos por algunas personas. Son pocos los que, alrededor de mí, condenan mis expectativas, pero eso no hace que sea más fácil conseguir lo que quiero. A pesar de todo, hombres y mujeres necesitamos lo mismo, así que a veces me pregunto si podré encontrar, eventualmente, a un fiel heredero de Penélope que quiera tejer y destejer, rechazar a todas las otras mujeres, crecerme un hijo y esperar pacientemente mientras yo cruzo los mares, canto con las sirenas y caigo prisionera de hermosos hechiceros que me aman. Claro que divago, sé que no es eso lo que busco, sino la posibilidad del equilibrio, de compartir el viaje y el hogar al mismo tiempo, y sé que se puede lograr. Quiero creer que se puede lograr.

Vamos a dejar las divagaciones ocasionadas por mi mujeril dispersión y terminar —¿empezar?— este asunto de la travesía, porque pensar en ello me lleva más bien ese otro Odiseo, el que amaba comer riñones de cordero a la parrilla, y en Borges deteniendo el tiempo para hablar de él. “Entre el alba y la noche está la historia universal”[4]. Ir al mar, a la guerra de cada día y volver a la Ítaca soñada todas las noches, ¿es ése el viaje? Es otro camino, más arduo tal vez, más diminuto y heroico.

Es posible que, independientemente de lo lejos que vayamos, el viaje sea más bien un estado mental. Al fin del mundo o al final de la calle, eso no importa tanto. Como escribiera Laozi, hace demasiado tiempo, en el Tao Te Ching, un buen viajero no tiene planes fijos y su intención no está en llegar al destino.



[1] Constantino Cavafis, “La ciudad” en  Material de lectura (UNAM: México, 2008) trad. Cayetano Cantú

[2] Cavafis, Material de lectura

[3] Alessandro Baricco, Océano mar (Anagrama: Barcelona 1999)

[4] Jorge Luis Borges, “James Joyce” en Antología poética, 1923-1977 (Alianza: Madrid 1997)

thisriverside asked: Dear John, have you read any works by French poet Arthur Rimbaud (1854-1891)? To me, his writing is the only thing that can compete with your music.

jhnmyr:

Why no I haven’t, but on the bright side, over 300 thousand followers are now aware that you are very well read. 

jhnmyr:

Here’s a clip of the first single off Born and Raised, called “Shadow Days.” I’m excited to share the first bit of sound from the album… Been looking forward to a post like this since October 14, 2010, the first day I started writing this group of songs. Enjoy.